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Carta a París

Foto del escritor: Clara Lucia Arauz
Clara Lucia Arauz
hace 6 días
3 min de lectura

Querida Paris...


Te visité aquel día de primavera, con el cielo nublado y el suelo todavía mojado por las lluvias repentinas de la tarde. La emoción de verte por primera vez estuvo a punto de hacerme olvidar las maletas en el avión y, más tarde, me llevó a correr desesperada por los pasillos del aeropuerto para coger el metro y llegar al centro. Aquella emoción me acompañó durante los cuatro días que pasé recorriendo tus calles. Sin embargo, tu forma de ser y de existir terminó regalándome algo mucho más profundo que la ilusión de aquellos primeros días.


Oh, París, realmente fuiste tú quien me escribió una carta. Esta no es más que una mera respuesta a tus palabras.


Tu mensaje me llegó en los jardines de las Tullerías, sentada en aquellos famosos y tan fotogénicos asientos verdes, frente a un estanque. A mi alrededor había otras personas, cada una inmersa en su propio mundo: algunas leían un libro, otras conversaban y varias aprovechaban la tranquilidad del momento para echarse una siesta.


Nadie sabía que me habías escrito, por supuesto. Yo estaba apoyada en el respaldo de aquella silla, cansada después de caminar por la ciudad y visitar el Louvre, cuando exhalé profundamente. Mis ojos permanecieron fijos en el agua que tenía delante y volví a llenar los pulmones de aire. De pronto, los sonidos a mi alrededor dejaron de parecer ruido y la luz del sol ya no me molestó. El agua brillaba suavemente, teñida de verde, mientras la brisa mecía los árboles que me rodeaban. Los murmullos de la gente perdieron importancia. Por primera vez en mucho tiempo, estaba completamente maravillada por la tranquilidad que sentía en aquel preciso instante. Una tranquilidad que, a decir verdad, ni siquiera sabía que necesitaba.


No es ningún secreto, mucho menos para mí, que vivimos en un mundo que corre a contrarreloj. Nos movemos como si todo tuviera que estar hecho para ayer, como si detenernos un instante significara quedarnos atrás. A veces, incluso, cuesta darse cuenta de que vivimos en ese estado constante de supervivencia. Yo, al menos, no me había dado cuenta.


Llegué a ti con los ojos puestos en una larga lista de lugares por visitar, comidas por probar y recorridos turísticos por completar. Estaba emocionada, sí, pero también ansiosa. Quería verlo todo, experimentarlo todo, aprovechar cada minuto. Y fue precisamente esa necesidad de no perderme nada la que terminó haciendo que me estresara durante el primer día y que, esa misma noche, acabara enfermándome.


Nada peor que enfermarse por ansiedad.


Por eso, tu carta llegó en el momento justo.


Sentada en aquella silla verde, tan bonita como incómoda, comprendí que necesitaba detenerme. Nunca me había sentado tan bien respirar como aquella tarde. La realidad era que llevaba demasiado tiempo viviendo en ese modo de supervivencia, avanzando sin preguntarme si realmente necesitaba hacerlo. Y fue tu manera de vivir la que me enseñó a encontrar la paz en medio del caos, a detenerme cuando todo a mi alrededor parecía invitarme a seguir corriendo.


Tus calles podían estar abarrotadas de turistas, las filas para entrar en determinados lugares podían parecer interminables y los coches podían llenar las avenidas. Sin embargo, yo podía estar tranquila. Podía permitirme bajar el ritmo, observar lo que me rodeaba y, sencillamente, disfrutar de estar allí. No tenía que verlo todo de golpe ni aprovechar cada segundo como si fuera el último. También podía detenerme. Y debía hacerlo.


A partir de aquel momento, no solo mi viaje cambió por completo, sino mi mentalidad. Visité todos los lugares que quería conocer, probé aquellos platos con los que había soñado y recorrí las calles que tanto había imaginado. Pero también empecé a hacer algo diferente: me senté a observarte.


Estabas en los pequeños cafés, en las conversaciones que se escapaban de las terrazas, en la brisa junto al agua y en esos instantes en los que no sucedía absolutamente nada. Estabas, sobre todo, en todo aquello que antes habría pasado por alto por ir demasiado deprisa.


Al fin y al cabo, si me hubiera limitado a caminar solo hacia delante, sin detenerme a mirar a mi costado, me habría perdido el río Sena.


Y eso sí que habría sido una tragedia.



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