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Volver al futuro

Foto del escritor: Clara Lucia Arauz
Clara Lucia Arauz
hace 4 días
5 min de lectura

El cine perdió su originalidad

Hollywood parece haberse quedado sin historias nuevas. En 2026, las carteleras y las plataformas de streaming vuelven a llenarse de adaptaciones literarias, remakes y reinicios de grandes franquicias. La nostalgia vende, pero ¿qué ocurre con la originalidad?



Era una tarde fría. Las luces cálidas de los faroles se reflejaban en los charcos que cubrían las calles, vestigios de la lluvia que había golpeado la ciudad durante todo el día. Sin duda, el clima perfecto para ir al cine.


Me puse mi pesado abrigo negro, mis botas de confianza y cogí el bolso antes de salir de casa. La idea era sencilla: subir al primer autobús que me llevara al centro, donde me esperaba una sala con un gran proyector y un asiento que parecía llevar mi nombre escrito en él.


Realmente, no me había detenido a consultar la aplicación del cine para comprobar qué películas se proyectaban ese día ni sus horarios. Gracias a los cientos de anuncios que habían inundado mis redes sociales durante la semana, sabía que los estrenos se acumulaban. Por eso, al bajar del autobús, caminé tranquilamente hacia la entrada del cine, donde una enorme cartelera captó mi atención.


Era interminable. En el lado izquierdo se anunciaban las películas que ya estaban en cartelera; en el derecho, aquellas que llegarían próximamente a las salas.


Decir que estaba sorprendida era quedarse corta.


Además de ser una apasionada del cine, la literatura es otra de las grandes pasiones que ocupan mis días. Por eso, no pude evitar pensar, con la mirada fija en aquella cartelera, que los libros de mi estantería se habían escapado de casa para acompañarme al cine.


¡Pero si eran todas adaptaciones literarias!


Sin detenerme a pensarlo demasiado, compré una entrada para ver Verity, dirigida por Michael Showalter, un menú pequeño de palomitas y Coca-Cola, y me dirigí hacia mi lugar feliz: la sala de cine.


Sin embargo, la pregunta apareció unos minutos más tarde, mientras esperaba a que comenzara la película. ¿Era una impresión mía o realmente estábamos ante un fenómeno de adaptaciones literarias, remakes y nuevas versiones que parecía no tener fin?


En la última década, y especialmente en este 2026, el cine parece mirar hacia atrás con nostalgia. Los relatos que ocupan las pantallas de las salas y las plataformas de streaming no siempre son nuevos. La industria parece haber entendido el reciclaje a su manera: si no se trata de reutilizar plástico, al menos que sean historias viejas con nuevos actores. Recorrer la cartelera o la sección de novedades de una plataforma se ha convertido en una suerte de reencuentro con viejos amores: adaptaciones literarias, remakes, reinicios de franquicias y versiones de acción real. Hollywood y las grandes productoras parecen convencidas de que el futuro del cine se encuentra, paradójicamente, en su propio pasado.


El fenómeno es evidente. En 2026, Cumbres borrascosas ha regresado a la gran pantalla de la mano de Emerald Fennell, reinterpretando la novela de Emily Brontë desde una sensibilidad contemporánea. Project Hail Mary, basada en la novela de ciencia ficción de Andy Weir, lleva al cine una historia sobre la supervivencia de la humanidad. Christopher Nolan ha trasladado su particular mirada a La Odisea, uno de los relatos fundacionales de la literatura occidental, mientras que el universo de Frankenstein, de Mary Shelley, continúa inspirando nuevas interpretaciones, como la película de Guillermo del Toro estrenada en 2025.


La lista no termina ahí. Verity, basada en el thriller de Colleen Hoover, lleva a la pantalla los secretos de una escritora, mientras que una nueva versión de Sentido y sensibilidad recupera el universo de Jane Austen. Para los próximos meses, la industria prepara también Los juegos del hambre: Amanecer en la cosecha, que amplía el universo de Suzanne Collins, y Dune: Part Three, que continúa la adaptación de la saga de Frank Herbert con El mesías de Dune. A ello se suma Narnia: El sobrino del mago, una nueva incursión en el universo fantástico de C. S. Lewis, cuyo estreno está previsto para 2027.


Sin embargo, este regreso clamoroso está teñido de una ambigüedad inevitable. ¿Acaso el cine ha perdido su creatividad?


No necesariamente. Sería injusto reducir una adaptación literaria a una simple reproducción de las páginas de un libro. Llevar una historia a la pantalla implica tomar decisiones, reinterpretar personajes, construir atmósferas y encontrar, a través de la fotografía, el montaje, la música y el guion, una manera propia de contar algo que ya existe. Una novela puede transformarse profundamente al convertirse en película y dar lugar a una obra con una identidad cinematográfica propia. Es precisamente ahí donde reside parte del talento de un cineasta: en su capacidad para apropiarse de una historia y hacerla suya.


La Odisea, de Christopher Nolan, por ejemplo, despertó expectación no solo por tratarse de uno de los relatos más antiguos de la literatura occidental, sino también por la mirada de un director que ha demostrado tener un lenguaje cinematográfico reconocible. Y nadie puede negar que la película se suma a la lista interminable de obras maestras del director. 


Pero esa no es la cuestión que me inquieta. No se trata de discutir si una película es fiel a su libro, si un remake está a la altura de su predecesor o si un director ha sabido aportar algo nuevo a una historia conocida. La creatividad puede estar presente en cada una de esas decisiones. El verdadero interrogante aparece cuando levantamos la mirada y observamos el conjunto.


¿Dónde queda la originalidad? ¿Dónde está la rebeldía que durante décadas impulsó al cine a romper las reglas, desafiar lo establecido y contar historias que nadie se había atrevido a imaginar?


El fenómeno, además, no se limita a las salas de cine. Las plataformas de streaming se han convertido en otro escaparate de adaptaciones, secuelas y nuevas versiones. El verano en que me enamoré, basada en las novelas de Jenny Han, trasladó su historia juvenil a la televisión; Carrie vuelve a la obra de Stephen King con una nueva adaptación, y el universo literario de Boys of Tommen, de Chloe Walsh, también prepara su salto a la pantalla. A estas producciones se suma Off Campus, adaptación de las novelas de Elle Kennedy, que suscitó furor en las redes. El regreso de Percy Jackson con una nueva generación de semidioses y la próxima serie de Harry Potter, que volverá a contar la historia del joven mago desde el principio.


A este punto, entonces, surge una pregunta inevitable: ¿por qué necesitamos volver una y otra vez a las mismas historias?


Quizá porque, en una industria que mueve millones, lo conocido ofrece una ventaja difícil de ignorar. Una novela superventas ya cuenta con lectores; una franquicia consolidada tiene seguidores dispuestos a regresar, y un clásico despierta curiosidad incluso antes de que se anuncie su reparto. El público llega con expectativas, las redes sociales alimentan la conversación y las productoras encuentran una audiencia potencial antes de que la primera escena haya sido rodada. Pareciera que el arte se somete exclusivamente al negocio.


Apostar por una historia nueva, en cambio, implica empezar desde cero. Supone presentar personajes desconocidos, construir un universo narrativo y confiar en que alguien quiera descubrirlo. No existe una comunidad de seguidores que garantice la expectación ni una historia previa que facilite la promoción. El riesgo comercial es mayor y, en una industria que necesita recuperar inversiones millonarias, ese riesgo puede convertirse en un obstáculo para la experimentación.


El problema, por tanto, no es que existan adaptaciones extraordinarias, sino que la industria parezca encontrar cada vez más razones para regresar al pasado y menos incentivos para arriesgarse con el futuro. Una película puede ser original en su ejecución y, aun así, formar parte de una tendencia que reduce la diversidad de las historias que llegan a la pantalla. La creatividad de los directores no elimina la pregunta sobre las decisiones de quienes financian, producen y distribuyen esas obras.


Quizá el cine no haya perdido su capacidad de crear, sino la confianza necesaria para hacerlo sin apoyarse constantemente en aquello que ya conocemos. La verdadera rebeldía no consiste en dejar de adaptar libros o recuperar clásicos, sino en devolverle espacio a lo desconocido, a lo nuevo y original.


Porque el futuro del cine no debería depender únicamente de lo que ya es popular, sino también de cuánto nos queda por descubrir.

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