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Escribir para existir

Foto del escritor: Clara Lucia Arauz
Clara Lucia Arauz
hace 1 día
4 min de lectura

En una era marcada por los algoritmos y la inmediatez, ¿qué lugar ocupa la escritura? Una reflexión sobre las palabras como identidad y, sobre todo, una forma de recordar que existimos más allá de una pantalla.



—¿Ya llegó la revista Vogue? —pregunté a la señora que atendía detrás del mostrador del quiosco.


—Sí, aquí la tengo —respondió mientras se giraba hacia una gran caja de cartón, de la que sacó un ejemplar con Daisy Jones en la portada—. Nos llegó hace apenas unas horas. Todavía no he tenido tiempo de colocarlas en el escaparate —me explicó mientras me tendía la revista con una sonrisa.


No era ninguna sorpresa para ella que hubiera ido a buscar la revista justo el día en que llegaban los nuevos ejemplares. Después de todo, no era la primera vez que cruzaba la puerta de aquel quiosco, ni mucho menos la primera vez que preguntaba por alguna de sus revistas. La quiosquera ya conocía bien aquella pequeña costumbre mía: acercarme cada mes para llevarme conmigo alguna de las publicaciones que tanto adoraba. Vogue, Cosmopolitan, Elle, Harper’s Bazaar… y, en realidad, cualquier otra que consiguiera despertar mi curiosidad.


Con el tiempo, aquella visita se había convertido en una de mis citas más esperadas del mes. Aguardaba con impaciencia los últimos días para pasear por las hermosas calles de Salamanca, detenerme frente al quiosco y, una vez con mi revista entre las manos, dirigirme a mi cafetería de confianza. Allí me esperaba siempre el mismo pequeño ritual: encontrar una mesa, pedir un café y un bizcocho de limón y dedicarme, sin ninguna prisa, a descubrir las páginas que guardaba entre sus tapas.


Como parte de esa cita, nunca olvidaba llevar conmigo un bolígrafo y algunos post-it que utilizo para subrayar aquellas frases que captan mi atención, aquellas páginas que me gustaron particularmente, o incluso algo que me dejó reflexionando y quisiera volver a ello más tarde, como es este caso.


Aquella tarde estaba inmersa en la lectura, con el café todavía caliente sobre la mesa y el bizcocho a medio comer, cuando unas palabras consiguieron detenerme por completo. Aparecían en el reportaje “Una habitación compartida” de la Vogue España de octubre 2026, por Eva Blanco Medina, en el que diez escritoras reflexionan sobre cómo estaban redefiniendo la creación literaria y los nuevos horizontes del mundo editorial.


Entre ellas, Alana S. Portero ofrecía una interpretación positiva del reciente debate surgido en torno al auge de la autoficción. La escritora apuntaba que “quizá la literatura del yo se ha consolidado porque vivimos en la era del algoritmo y la tiranía de la opinión personal, no de la reflexión”. Sin embargo, fue la frase que pronunció a continuación la que terminó por atraparme. Me quedé pensando en ella, dando vueltas a cada una de sus palabras, hasta olvidarme por completo del café, que poco a poco comenzaba a enfriarse.


“Por eso, intentamos recordar con lo que escribimos que seguimos existiendo; que seguimos siendo de carne y hueso”, concluía la escritora.


Como persona dedicada a la escritura, no podía dejar de escuchar aquellas palabras en mi cabeza: escribimos para recordar que existimos.


Sin querer detenerme más tiempo en ese momento, coloqué un post-it rosa con la promesa que volvería a ella más tarde en la comodidad de mi habitación. Así fue como surgió una reflexión que me llevaría a escribir este mismo artículo.


Las palabras de Portero ponen a luz una contradicción propia de nuestro tiempo. Como bien señala la escritora, vivimos en la era del algoritmo, donde buena parte de lo que vemos, leemos y conocemos está condicionado por un conjunto de fórmulas que filtran y priorizan los contenidos que aparecen en nuestras pantallas. La lógica algorítmica consiste, precisamente, en estudiar nuestras preferencias para ofrecernos cada vez más de aquello que ya conocemos y nos interesa.


Es algo parecido a lo que sucedía cuando éramos niños y acudíamos al cumpleaños de algún compañero de clase. Llegaba entonces uno de los momentos más esperados de la fiesta que era la piñata. Todos corríamos y nos empujábamos por conseguir un lugar justo debajo de ella, esperando recoger la mayor cantidad posible de dulces cuando comenzaran a caer sin cesar. Lo curioso es que, por mucho que nos apresuráramos a llenar los bolsillos, los caramelos eran prácticamente siempre los mismos. Cambiaba la cantidad que conseguíamos, pero no aquello que recibíamos.


De este modo, nos hemos acostumbrado a consumir información desde una perspectiva cada vez más limitada y a una velocidad difícil de asimilar. Y lo más paradójico es que, pese a esa inmediatez, también nos hemos acostumbrado a reaccionar antes de comprender, a opinar antes de reflexionar y a expresar nuestras ideas casi por inercia.


Es precisamente en este contexto donde cobra sentido la idea de que escribimos para recordar que existimos. En medio de una realidad que no solo nos empuja a consumir, procesar y asimilar información sin descanso, sino que también tiende a visualizarnos como usuarios antes que personas, encontramos en las palabras una manera de detenernos y reconocernos. Escribir no es únicamente un proceso creativo en el que confluyen nuestra imaginación y nuestros pensamientos; es también una forma de reivindicar nuestra existencia y de recuperar nuestra propia voz en medio de tantas otras.


Escribir nos humaniza.


Y es esto lo que me ha llevado a reflexionar sobre la idea de escribir para existir. En el momento en que trasladamos a una simple hoja de papel una sucesión de palabras que intentan dar forma a aquello que pensamos, sentimos o recordamos, dejamos una pequeña constancia de quiénes somos. Es precisamente entonces cuando escribir se convierte en una forma de recuperar aquello que la inmediatez tiende a hacernos olvidar, recordándonos que somos de carne y hueso, que tenemos una historia que nos pertenece y una identidad que no puede reducirse a un compartido de TikTok o al algoritmo.


Quizá, al final, escribir sea precisamente eso: una forma de existir dos veces, primero en la vida y después en las palabras.

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